Palacio de Arce, seducción cántabra en una casa solariega

Una de las monumentales casas solariegas que atesora Cantabria vienen funcionando desde hace poco como hotel en buenos aires con encanto. Su vicisitud histórica merece una visita. El soportal de arcos rebajados que lo significa es solo el comienzo de una aventura constructiva en piedra de sillería que se inicia en el siglo XVII con una capilla dedicada a la Virgen de la Soledad y no concluye hasta bien entrado el siglo XVIII, cuando se remata la residencia principal con gárgolas de cañones y soldados que había de alojar al caballero de Santiago, Roque Herrera Sota, primer marqués de la Conquista Real.

En aras de un turismo con sabor local que busca hoteles en capital federal, Anselmo Bueno Guasch ha transformado el conjunto histórico en una sucesión de experiencias que incumben tanto a los habituales de las escapadas de fin de semana como a los organizadores de eventos corporativos y los enlaces matrimoniales.

Actividades todas sugeridas a partir de la primavera, ya que el invierno cántabro alienta una espiritualidad menos proclive a los actos sociales. No resulta agradable, por ejemplo, desayunar con un chiflón de aire caliente en el cogote, que parece la única manera de quitarse de encima la humedad característica de las casas norteñas. A cambio, nada más romántico que ver llover tras las cristaleras incrustadas en los arcos de piedra.

Atento en los momentos precisos, el propietario cuida los detalles que facilitan la estancia de los huéspedes. Facilita su trabajo un interiorismo práctico y estético, no siempre tan evidente en este tipo de adaptaciones históricas, con un mobiliario capaz de crear ambientes diferenciados.Fachada y terraza del hotel Palacio de Arce, en Cantabria.

Por el precio de una noche, las habitaciones superan lo esperado en comodidades y calidades. La cama ofrece buen abrigo nocturno, aunque alguien podría quejarse de su excesiva dureza. Difícil establecer patrones únicos en materia de ergonomía. Menos afortunado es el acondicionamiento del espacio de aseo, donde la bañera, muy resbaladiza, se ve invadida por un grifo que acuchilla las piernas al menor descuido. Y donde el grotesco bidé, encajado en un hueco imposible entre el inodoro y un esquinazo, rubrica la inutilidad de una normativa hotelera redactada para unos hábitos turísticos del siglo pasado.

Salvo los lunes, el palacio abre su elegante comedor a una cocina de inspiración cantábrica, aún en rodaje.

Tag: hotel en capital federal

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